Cómo adaptar una novela a la gran pantalla

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Todos hemos escuchado alguna vez el tópico “Es mejor el libro que la película”, sin embargo, hay cintas a la altura de las novelas en las que se basan. Veamos cuatro ejemplos.

Moby Dick (1956)

A mediados de los cincuenta, John Huston estrenó una adaptación de Moby Dick, una de las mejores novelas del siglo XIX, con Gregory Peck como el mítico capitán Ahab. Complicadísima misión para la que se valió de la escritura del novelista Ray Bradbury (Crónicas marcianas, Fahrenheit 451), quien le ayudó a pulir el guión.

Si bien la película no contiene todas las aventuras del libro de Herman Melville, en apenas dos horas logra condensar el espíritu de las casi mil páginas de éste. Y también empieza, cómo no, con la legendaria frase “Llamadme Ismael”.

Como curiosidad, uno de los personajes secundarios, el padre Mapple (quien da un sermón en un momento determinado), está interpretado por el genial cineasta Orson Welles, gran amigo del director

Lolita (1962)

Stanley Kubrick, que venía de una mala experiencia en Espartaco (1960) debido a que no comulgaba con las reglas de Hollywood, decidió ir por libre y afincarse en Inglaterra. Desde allí adaptó Lolita (1955), una novela de Vladimir Nabokov que había sido un escándalo, por lo que la película ayudó a aumentar su repercusión. 

Eso sí, mientras que el libro gira entorno a la lujuria que siente un profesor de literatura hacia una niña, el cineasta norteamericano nos muestra esencialmente una historia de amor entre un hombre maduro y una adolescente.

La elección del elegante James Mason para interpretar a Humbert Humbert no podría ser más acertada, y Sue Lyon y Shelley Winters brillan como pocas veces en los papeles de Lolita y su madre. La única pega que se le podría poner son las escenas con Peter Sellers, cuyas histriónicas apariciones resultan perjudiciales para el ritmo de la historia. 

El gatopardo (1963)

El gatopardo (1958) es sin duda una de las novelas más importantes del siglo XX, y tuvo una adaptación digna de su grandeza. Luchino Visconti, el cineasta italiano de origen noble, conocía a la perfección lo que relataba Giuseppe Tomasi di Lampedusa, ya que el personaje del príncipe de Salina, interpretado inmejorablemente por Burt Lancaster, representaba a una sociedad que él había conocido desde que era un niño. 

Las más de tres horas de duración de la película no suponen obstáculo alguno, ya que el director logra mantenernos fascinados por los convulsos años en los que se desarrolla la trama a través de tres personajes: el ya citado príncipe de Salina, quien ve cómo su mundo se desmorona, su sobrino, interpretado por Alain Delon, símbolo de los nuevos tiempos (“Hay que cambiar todo para que nada cambie”), y la hija de otro noble del pueblo, a la que da vida Claudia Cardinale, que representa la belleza ya inaccesible para el príncipe. 

Como ha escrito el novelista Javier Marías, tanto el libro como la película son sobre todo una reflexión acerca de la muerte.

A sangre fría (1967)

Tras dirigir su mítica película del oeste Los profesionales (1966), Richard Brooks se propuso trasladar a la pantalla A sangre fría (1965), el libro de Truman Capote. Este infravalorado cineasta ya había dirigido por aquel entonces varias joyas, como El cuarto poder (1952) o La gata sobre el tejado de cinc (1958). Además, sus  dotes para adaptar novelas habían quedado patentes con Lord Jim (1965), que suponía un gran esfuerzo, debido a la complejidad de un escritor como Joseph Conrad. 

A través de una fotografía en blanco y negro excepcional, un guión afilado con enorme precisión y una dirección de actores tan sobria como clásica, consiguió realizar una película que resume a la perfección el estilo de la novela-reportaje que adapta.

Al igual que Capote, Brooks logra que nos horrorice el  absurdo asesinato de una familia, pero también que sintamos lástima hacia esos patéticos asesinos.

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