Dos corazones que lloran

Pawel Pawlikowski demostró hace unos años con su película «Ida» que aún había esperanza para el cine de autor. Con todas las superproducciones que reparte Hollywood por el mundo, acaparadoras de la cartelera que enmudecen a los pequeños autores, cuyas películas a veces hermosas y a veces despreciables suelen perderse en el tiempo sin que nadie lo note. «Ida» rompió con la regla, se hizo con el público europeo y conquistó el continente norteamericano, un premio de la Academia lo corrobora. Pawlikowski optó en su día por olvidarse de las pautas que dicta la taquilla, decidió no rodar con la cabeza sino con el corazón, y contar la historia que quería contar de la forma en que la quería contar. Optó por un cine puro y sugerente, más de personas que de tramas, donde todo lo que podía expresarse sin palabras se hacía en silencio. Planos con cámara fija y un blanco y negro muy cuidado, un estilo libre de todo artificio, sencillo pero auténtico, puro cine.

Ahora, el director polaco estrena su nueva película, «Cold War», en la que deja la cámara fija por una en continuo movimiento, dinamismo sin dejar de lado la sobriedad. En esta ocasión nos transporta a la Europa de la Guerra Fría, donde una pareja se une por la música y vive y sufre con ella. Todo empieza en Polonia, un grupo de músicos, entre los que se encuentra el protagonista, busca talentos ocultos entre los aldeanos, graban todo tipo de canciones populares y fichan a todas las personas que sepan cantar o bailar. El objetivo es formar un coro que actúe por toda Europa del Este, adaptar temas populares polacos y añadirles letras que ensalcen los valores del Partido Comunista. Es en este proyecto donde se conocen dos almas gemelas destinadas a amarse por siempre, dando tumbos por todo el continente, en ocasiones juntos y en ocasiones separados, pero siempre pensando el uno en el otro.

«Cold War» cuenta una historia terriblemente hermosa. Trágica a la vez que bella, siempre con la música de fondo, a ambos lados del telón de acero, tanto folclore eslavo como jazz norteamericano. Me parece un terrible error compararla, como han hecho algunos, con «La la land». No habla de dos personas soñadoras cuyas respectivas carreras les impiden estar juntos, en «Cold War» no son los sueños lo que separa a los protagonistas, sino ellos mismos, que a la vez se sienten miserables al estar lejos el uno del otro. Espíritus que se pasan la vida huyendo, incómodos allá donde van, músicos en un mundo en el que la música es una herramienta en vez de un arte. Sólo tienen la certeza de que se aman, pero su propia naturaleza les impide ser felices. Una canción, que acompaña toda la película, comienza con unos versos que dicen “Cuatro ojos y dos corazones, que lloran día y noche”, esta canción se hace propia de los protagonistas, sufre transformaciones de todo tipo (del folk al jazz, del polaco al francés) y junto con ella, cambian ellos. Su historia abarca unos quince años, y se sintetiza en apenas una hora y media, en la estructura narrativa hay lagunas de varios años, huecos en los que el espectador no sabe con certeza qué ha ocurrido, pero la claridad del relato hace que todo se forme intuitivamente en la mente del público.

Dice Pawlikowski que esta pareja protagonista está vagamente inspirada en sus padres, intimida pensar que este tipo de historias puedan ocurrir en la vida real, que lo más hermoso pueda ir de la mano de lo más trágico, y que uno pueda tener a la vez la certeza de amar a alguien y de ser incapaz de vivir a su lado. Pero, como se suele decir, la realidad supera a la ficción, y las emociones humanas son mucho más complejas que lo que una simple historia romántica pueda mostrar. Al final, es asombroso lo expectante que el cine es capaz de mantener al público, sobre todo con algo tan predestinado a la tragedia como «Cold War». Esta pareja de músicos que tanta compasión genera, que tantas esperanzas de poder verlos felices algún día ofrece, siempre seguirá huyendo, ya que da igual el idioma o estilo musical, siempre serán dos corazones que lloran.

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