Recuerda que has de morir

El irlandés representa los últimos coletazos de un cine al que posiblemente no le queden muchos años de vida. Representa el genio, el virtuosismo y la libertad de una forma de hacer cine desde las entrañas, como un arrebato de creatividad deslumbrante y única. Un cine del cineasta y no de las productoras, hecho porque no podía ser de otra forma y que se mantiene vivo por la dedicación de sus artesanos. Una reflexión sobre el envejecimiento que hace su maestro director y sus geniales actores ahora que ven morir al mundo en el que se formaron.


Es una película que se desdobla sobre sí misma en nuevas e insospechadas direcciones. Trasciende toda expectativa porque no responde a ninguna, sólo fluye a través de las inquietudes de sus creadores. Que predica y muestra desnudos los rasgos de la lealtad, el compromiso, la culpa, la traición y el paso del tiempo, revelándose como una suerte de macrorrelato de bloques que dialogan y se afectan entre ellos, donde los personajes responden a motivaciones desdibujadas y afectan a la historia de todo un país.

La película toma del espectador lo más preciado que puede ofrecer: su tiempo. Y no sólo por su duración de tres horas y media, ahora que nos han acostumbrado a las más llevaderas dos horas o menos, sino porque lo obliga a quedarse ahí incluso después de que todo haya acabado, más allá de donde los narradores suelen contar, ese incómodo y solitario intermedio entre el final de algo y el final de todo. Las escenas no concluyen una vez lo hace la acción, no cuando el arma se ha disparado sino unos segundos después, los suficientes para asimilar los cadáveres, para darse cuenta de que todo el mundo está destinado a no ser nunca más. Lo mismo ocurre con Frank (Robert DeNiro), sujeto de la historia en su progresiva caída al silencio y el olvido.

El irlandés comienza con el deseo de prosperar de Frank. Con su puesta al servicio de Russell Bufalino (Joe Pesci) y su eventual asociación con Jimmy Hoffa (Al Pacino), personas que determinaron el curso de la historia de EEUU en el siglo XX, contada por un Frank envejecido y confesante, en busca de un perdón que le dé paz. A partir de ahí la historia muestra la vida de un hombre leal, de sus manos cada vez más manchadas de sangre, de su abandono del mundo de a pie para asentarse en un submundo elevado a aristocracia. Frank se encuentra dividido entre dos figuras paternales, ambas representantes de dos formas en espejo de ver la vida, similares pero no iguales. Una que opera desde las sombras y otra en el foco de atención. Dos planos que coexisten siempre y cuando uno no interfiera en el camino del otro. Así la lealtad de Frank se ve puesta una y otra vez a prueba, resultando en un examen sobre el sentido de la confianza y su traición. En un mundo en el que nadie puede revelar el nombre de nadie, donde todo responde al incomprensible y contradictorio criterio de un ente invisible que responde al nombre de “los tíos de arriba” y que dota a la trama de unos tintes propios del Antiguo Testamento. Las cosas ocurren porque así se ha decidido que deben ocurrir, “It is what it is” es lo que es y los que siguen estas normas están condenados a llevar su destino escrito en la frente (literalmente) y a base de balazos.

Reseña El Irlandés

Scorsese encapsula todo esto en un estilo depurado, donde lo importante son los personajes y la cámara se limita a darles voz, fragmentando la acción en un plano-contraplano escondido pero presente y que sobrevuela los espacios de conflicto (asesinatos y juicios) para posarse, de nuevo, en la persona y su cuerpo. La historia se escribe en matices, en miradas, en personalidades, en movimiento de manos, formas de andar y voces. La voz es el instrumento principal, su tono, su timbre y sus pausas, el uso que los actores le dan para dar vida a su papel y el trabajo de sonido que se lo permite, todo al servicio de una caracterización única y memorable. 

Al final todo el poder, el dinero y el crimen quedan en un segundo plano y toman protagonismo los conflictos humanos. Scorsese nos ha llevado de la mano a través de las vidas de personajes patéticos, miserables y monstruosos —o que simplemente no tuvieron suerte—. Siendo mucho más que sólo esto, sus películas han estado siempre innegablemente ligadas a estas personas moralmente despreciables que, bajo la mirada analítica y sentimental de la cámara de Marty, llegamos a compadecer. Esta película es la reflexión madurada de toda esa filmografía del exceso, una búsqueda de sentido a por qué escogemos idealizar a alguien, al sentido que tiene volcar nuestra devoción en ídolos por encima de nosotros mismos. Frank acata órdenes de sus ídolos, carece de otra ambición que no sea la de complacerlos, no ambiciona dinero ni poder y carece de remordimientos y al final de su vida encuentra que toda su devoción, todas las órdenes que tomó y los sacrificios, sólo sirvieron para acabar con lo poco de humano que había en él. Mártir de nadie y por nada, olvidado, despreciado y solo encuentra que el perdón de Dios no son más que palabras de misericordia, y que la soledad que le dio su devoción es lo único real e innegable.

El Irlandés es gigantesca, es un coloso de su tiempo encapsulado en la pequeña pantalla, una pieza de historia puesta al servicio de los nuevos tiempos. Lo último —que no final— de uno de los últimos grandes maestros. Una película que mira con melancolía al pasado desde el presente y con un pie en el futuro. Una paradoja fascinante que tenemos la suerte de vivir y disfrutar.

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