Juan Gea: «Siempre digo que soy eterno porque el día que me muera no me voy a enterar»

Cuando el actor valenciano Juan Gea (Valencia, 1953) responde a nuestra videollamada, nos recibe desde su despacho con un cigarrillo humeante en las manos. Al otro lado de la pantalla se encuentra el actor curtido en innumerables obras de teatro, películas y series de televisión. Detrás de él, la cámara permite ver una colección de viejas cintas de vídeo, algunas fotografías de sus mascotas y un tablero de corcho repleto de hojas y documentos. 

Juan Gea comparte con un tono desenfadado y cercano cómo fueron sus primeros pasos en el teatro, qué es para él el éxito, cómo es trabajar en una serie como El Ministerio del Tiempo o cómo la situación actual está afectando a la industria del entretenimiento. Dice que nunca ha estado tanto tiempo apartado de los escenarios y, claro, cuando uno repasa su carrera y ve la cantidad de proyectos en los que ha participado, todo encaja. El conejo blanco que Juan Gea persiguió inicialmente (una mujer), le condujo a los escenarios, y, ahora, cuatro décadas después y tras haber interpretado a tantos personajes inolvidables, se ha convertido en el actor polifacético que lo mismo nos hace reír en Por los pelos, que nos asombra con un personaje tan complejo como Ernesto Jiménez y que sueña con poder interpretar algún día al rey Lear. 

Tu carrera profesional da un giro radical cuando decides dejar la caja de ahorros en la que trabajabas para probar suerte con una carrera como actor de teatro. ¿Cómo fueron esos primeros años?

Yo llevaba doce años en la caja de ahorros, que después de todas las fusiones es ahora Bankia, y cuando me marché estaba en el departamento extranjero de la oficina principal. Llevaba ya unos cuantos años en Valencia en un grupo de teatro y ya hacía bolos, giras, pedía permisos de la cuenta de vacaciones, días sin sueldo; me hacía el enfermo e iba al hospital muchas veces para que me dieran una baja y justificar que no había podido ir porque a lo mejor estaba trabajando en Victoria. Incluso estuve un mes trabajando en Madrid todos los días con el grupo de teatro; por la mañana trabajaba en Valencia en la caja de ahorros, a las 14:30 cogía el coche, un R5, me venía para Madrid y hacía la función. Mortal. Hasta que por allí pasó Miguel Narros, que es mi padre en el teatro y uno de los mejores directores que he conocido, y formó una compañía con Miguel Ángel Conejero, que era el director del instituto Shakespeare que radicaba en Valencia y que se llamaba Teatro del Arte. Traían gente de Madrid que luego fueron como hermanos míos: José Pedro Carrión, Carlos Hipólito, Helio Pedregal… Hicieron unas pruebas para coger a más actores de Valencia, me presenté y me cogieron. Luego cuando terminamos con esto, que terminamos en Madrid, pues yo me volví a mi trabajo. A los quince días me llamó Miguel y me dijo que iba a montar el papel del Rey Lear y quería que estuviera. Hice lo mismo y justo el día que acabamos en Madrid me llamaron tres directores para ofrecerme trabajo y entonces yo vi que era el tren que tenía que coger, es muy difícil que pase otro igual. 

¿Hubo algún momento en el que pensaste en tirar la toalla?

Pasamos unos momentos difíciles cuando mi padre murió, había que hacerle mucha compañía a mi madre. Mis padres estaban muy preocupados porque yo tenía un trabajo muy seguro en el banco y era muy jovencito. Tenían miedo de que yo en algún momento pudiera dedicarme a esto y dejara el banco. Cuando mi padre murió había que estar cerca de mi madre y entonces yo pensé en dejarlo. Recuerdo que me llamó mi madre para decirme que mi padre había dicho que yo debía hacer lo que quisiera. Eso se me quedó grabado a fuego en la cabeza y decidí no dejarlo.

Tirar lo toalla, no, pero sí que tenía mucha inseguridad cuando decidí venirme a Madrid porque ya no tenía el sueldo seguro de la caja de ahorros. Yo recuerdo que al principio tenía sueños. Soñaba que me asomaba al balcón y me fallaba el suelo y me hundía o que me asomaba a la ventana y me fallaba el quicio o que de pronto estaba en Madrid haciendo teatro y me raptaban y me metían en el banco en un sótano a contar unos cuponcitos con una luz fluorescente y no me dejaban salir. Yo creo que era la inseguridad inconsciente. Luego con el tiempo te acostumbras a lo que yo llamo la seguridad de la inseguridad. Si trabajas honestamente y en serio piensas que se ha acabado, pero que detrás de esta otra vendrá.

Quizá cuando me rompí un pie a punto de estrenar Eduardo II de Inglaterra con Lluís Pasqual en el C.D.N. Cinco días antes del estreno me rompí un pie con muy mala pata (risas). Estuve seis meses con el pie en alto y con un clavo que cada quince días me metían y me sacaban. Lluís Pasqual estuvo esperando un mes a que me repusiera y al final no pudo ser y me sustituyó Antonio Banderas, que era casi cuando él empezaba. Yo me fui a Valencia porque se me acababan los recursos y tenía una mujer y un hijo y ahí pensé: “Hablo con el banco, tiro la toalla y ya está”. La misma semana me llamó Lluís Pasqual y me empujó tanto que me vine a Madrid a ensayar Luces de Bohemia. Hacía de preso catalán, que menos mal que estaba torturado, y empecé con muletas, luego con bastón y luego ya sin nada. ¿Tirar la toalla? Nunca más. Momentos de langosta y momentos de espagueti en esta profesión siempre los hay. Nuestra alfombra roja es una vez al año y normalmente los trajes son dejados o alquilados. Para mí el éxito es mirar hacia atrás y pensar que llevo todos estos años pudiendo pagar mi casa, mis recibos y pudiendo dar de comer a los míos. 

¿Cómo nace esa vocación por el teatro?

(Risas) Yo no tuve vocación. La vocación me vino después. Me apunté a un grupo de teatro porque me gustaba una chica que luego resultó ser la madre de mi hijo. Fui a ver a un amigo que estaba en un grupo de teatro en los Salesianos y me dije: “¿Qué hay que hacer para estar cerca de esta chica?, ¿apuntarse a un grupo de teatro?  Pues me apunto”. Luego cuando empiezas ya dices: “Esto que estoy descubriendo es lo mío, esto me encanta”. Cuando no hacía teatro ya tenía ganas de estar ensayando y ganas de estar en los escenarios y pensé que eso debía ser la vocación. Es lo que me gusta. Esto ya cuando me falta, me falta el aire.

Recuerdo que hablando un día con Jaime Blantch me decía: “Juanito, si yo no tenía vocación de esto, yo me quedé para pasármelo bien, me reía mucho y ligaba, la vocación me vino después”. No soy de esos que de pequeños se disfrazan, sí que hacía cosas, pero yo iba por los animales y por la medicina, eso era lo mío, lo que me gustaba.

En 1987, con el estreno de La Rusa de Mario Camus, pasas de los escenarios a la gran pantalla.

Eso fue lo primero que hice en pantalla con cámaras, yo no soñaba con ellas, yo soñaba con hacer teatro y ya está. Hacía de un tío de ETA camuflado que tenía relación con el protagonista, que era un francés. Recuerdo una escena en la que estaba en la barra de un bar hablando con el francés. Yo casi no le oía porque él hablaba muy bajo, entonces yo le contestaba igual de bajo y Mario Camus me decía que por qué hablaba tan bajo. Yo pensaba que teníamos que estar al mismo nivel así que le contestaba igual, hasta que Camus me dijo que luego lo tenían que doblar. (Risas) Después de eso ya vino la televisión. La primera serie en la que trabajé fue en Barcelona, se llamaba Vidas cruzadas y hacía de un detective. Rodaba de siete de la mañana a tres de la tarde en Barcelona, a las cuatro cogía un puente aéreo, me traían a Madrid e iba al Teatro Maravillas a ensayar. Así estuve dos meses.

¿Cómo fue pasar de los escenarios a la televisión? 

Como actor es un pequeño código. Yo disfruto mucho con las series diarias, donde cada día es distinto y te tienes que machacar y estudiar porque todo es muy rápido. 

¿Qué diferencias notas respecto a hacer teatro?

Recuerdo el caso de Ángela Molina rodando Las cosas del querer. Ángela era un monstruo en cámara y cuando trabajabas con ella parecía que no estaba haciendo nada y luego lo veías en cámara y te sorprendías. Yo creo que el teatro es la cuna del actor. En televisión hasta que la toma no esté bien no te van a dejar irte y vas a tener que repetir un montón de veces. La cámara tiene la ventaja de que muchas veces sobran las palabras, que es lo bonito. A mí cuando se habla demasiado con la cámara no me gusta, porque muchas veces es la imagen la que está contando. En el teatro tienes el directo, la corriente que se crea entre el público y el actor; unas veces esa corriente es muy buena y otras veces por tu estado de ánimo o lo que sea, notas que la energía no fluye o no la recibes así y te dan ganas de decir: “Perdonen ustedes, volvemos mañana a ver si la cosa va mejor”. El salir al escenario durante una hora y media, dos, tres, hasta el final, haciendo un trabajo que tiene una curva entera que empieza y acaba y en la que tu eres el dueño y en la que no dependes de nada más que de ti: si aciertas, aciertas tú, y si te equivocas, te equivocas tú; eso es una diferencia muy grande. Y luego está el aplauso del público. Yo siempre digo que el teatro tiene un cansancio de desahogo y la televisión y el cine tienen un cansancio cansado. En televisión las jornadas en rodajes son tremendas, son muchas horas de espera, muchas repeticiones de tomas, llega el final del día tras diez horas de trabajo y terminas cansado. En teatro descargas muchas adrenalina, muchísima, mucha más que en televisión y, al final, terminas, saludas y te vas al camerino, pero es un cansancio pleno, es un cansancio de decir que he soltado lo que tenía y me he desahogado. Luego a la hora de trabajar los ensayos en teatro son mucho más largos y te dan mucho más tiempo para investigar un texto o un personaje para redondearlo más, aunque luego siempre va creciendo un poquito; sin embargo en televisión tienes que hacerlo poco a poco, normalmente las características del personaje no coinciden con lo que viene en los guiones y no lo conoces, lo ensayas en dos lecturas y se graba. Poco a poco vas haciéndote con el personaje hasta que ya lo tienes y lo disfrutas y entonces el guion ya no lo lee Juan Gea actor.

También has hecho musicales, como My Fair Lady, ¿cómo fue para ti la experiencia de poder trabajar un género como este?

Pues un susto. A mí me llama Jaime Azpilicueta [el director] para hacer una prueba con Paloma San Basilio. Para mí ella fue un descubrimiento. Ella ya lo había hecho doce años antes con José Sacristán y yo, que nunca había hecho un musical o cantado, hice la prueba con Paloma y me dijo: “Bueno, pues nada, empezamos el ensayo”. Y claro, estaba muy acojonado, pero luego disfruté mucho. Yo interpretaba al profesor Henry Higgins y en sus canciones medio canta, medio habla, y eso se me daba muy bien. Creo que ha sido de lo que más he disfrutado en mi carrera.

Aura Garrido, Rodolfo Sancho, Juan Gea,y Jaime Blanch durante el rodaje de El Ministerio del Tiempo.

¿Cómo llega a tus manos el papel de Ernesto?

El papel me llega porque me llamó mi representante y me dijo que le habían llamado Javier Olivares y Marc Vigil para ofrecerme un papel en una serie de ciencia ficción sobre viajes en el tiempo. El primer golpe me lo dio una escena en la que estaban hablando en el café del espejo Pablo Picasso y Diego Velázquez. En las acotaciones aparecía que Velázquez estaba celoso porque Picasso no lo reconocía como el mejor pintor de la historia. Tuve una cita en un hotel con Marc Vigil y Javier Olivares, me explicaron de qué iba, vi la ilusión y la fuerza que ellos le ponían, me la contagiaron y yo me tiré de cabeza. Creo que a los demás les pasó igual. Lo hablábamos el primer día que nos juntamos durante los descansos de las lecturas de los guiones; todos habíamos pensado que El Ministerio del Tiempo o bien era una chorrada que se iba a ir de paseo en seguida o que era una serie que podía llegar a ser de culto, como gracias a Dios parece que ha sido.

¿Cómo ha sido para ti este regreso que parece que está siendo muy bien acogido?

Muy esperado. Cada temporada se nos ha hecho rogar mucho, han pasado casi dos años desde la tercera. Tanto los demás compañeros como yo teníamos la esperanza de que la serie tenía que continuar, entonces ha sido un poco como volver a casa. Hemos hecho otras series, con otros papeles más o menos importantes, pero a esta le teníamos tanto cariño todos y fue tan bien acogida por los espectadores que fue una alegría inmensa ver que nuestras esperanzas se habían cumplido. De momento parece que va muy bien. Tenemos que pensar ya en la quinta temporada.

El Ministerio del Tiempo tiene una gran base online. Es impresionante que media hora antes de que se emita el capítulo ya esté el trending topic en redes sociales. 

La audiencia en televisión nunca ha sido muy alta. Yo casi toda la gente que conozco la ve por internet y allí la audiencia y la reacción de las gente es bestial. Recibo mensajes de gente de Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Rusia, Estados Unidos… Lo que menos me importa es casi la audiencia que podamos tener en pantalla el martes a la noche.

Da un poco de rabia ver que muchos medios hacen tanto hincapié en la audiencia en televisión cuando realmente vuestro fuerte está en la audiencia en Internet. 

Hasta la llegada de internet y de las nuevas plataformas la forma de medir la audiencia era solo con la televisión. Las audiencias online no se tienen al día, hay que esperar una semana porque hay que hacer una media y todavía no hay costumbre de eso. Nosotros estamos encantados. Creo que fue durante la segunda temporada o la tercera que éramos los más vistos justo por detrás de Juego de tronos. Tiene mérito.

¿A qué época le gustaría viajar a Juan Gea y a cuál le gustaría viajar a Ernesto?

Ernesto no quiere viajar a ninguna. Él ha salido muy escarmentado de su siglo, con todas las carencias sociales, la Inquisición, con el poder absoluto, la Reconquista… A él le gustaría, si pudiera, viajar al futuro, porque le ha costado acostumbrarse a la época actual pero va descubriendo cosas aunque a veces le chocan. Yo, a parte de al futuro, viajaría a la prehistoria por curiosidad y a finales de los setenta o principios de los ochenta, cuando termina la dictadura de Franco, que a mí me cogió ya en los finales, y empezaba la democracia, cuando aquí no se podía hacer nada porque todo estaba censurado, cuando teníamos sueños que se podían cumplir, cuando todas las utopías estaban pendientes. Siempre digo que yo lo veía como un cono que partía de nosotros y que lo que estaba por delante era como un abanico que se abría y todo era posible. Esas épocas eran de mucho hablar, de mucho imaginar, de ilusionarnos mucho, de proyectarnos mucho. Una época que yo la viví muy feliz. Me gustaría poder darme un paseo por ella.

Me han dicho que eres un gran seguidor de la literatura de terror, especialmente de las novelas de Stephen King.

Muchísimo. Stephen King es uno de mis ídolos desde hace años. Me parece que solo me faltan por leer sus dos últimos libros. Me gusta pasarlo mal. Cuando una historia de terror es buena puedo estar una noche leyendo un libro sin moverme. Las historias de Stephen King empiezan con un suceso muy cotidiano. Tiene un libro que se llama La danza de la muerte que precisamente habla de una pandemia que comienza en Estados Unidos y que arrasa el mundo. Es como un anticipo de lo que está pasando ahora. Cuando estaba en la gira de Luces de bohemia, recuerdo que estuvimos quince días en París y en el hotel estaba leyendo Cementerio de animales. Me gusta mucho el terror, pero yo lo primero que hago en los hoteles es correr la cortina del baño, mirar debajo de las camas y revisarlo todo. Soy muy miedica, pero me lo paso muy bien teniendo miedo.

Antes de que la COVID-19 trastocara todo, estabas trabajando en dos funciones teatrales: Por los pelos y El Insólito caso de Martín Piché. ¿Cómo crees que ha afectado la situación actual al mundo de la cultura?

Nos lo ha tirado todo abajo. Yo tenía gira con las dos funciones, las estaba combinando. Una función de dos personajes, El insólito caso de Martín Piché, y Por los pelos, de seis, que es una locura. Teníamos gira en marzo, abril, mayo…, y todo se ha caído, nos hemos quedado sin nada y sin saber cuándo volveremos. Ahora se está empezando a barajar fechas para a partir de septiembre intentar recuperar lo máximo posible. Francamente, cuando se dice que volveremos con un treinta por ciento del aforo, igual nos da para cenar de bocadillo. La mayoría de los teatros son privados y hay un porcentaje destinado al dueño del teatro, al productor, a pagar los derechos de autor, los impuestos, el material, el transporte, los técnicos, los actores, las dietas, los hoteles… Todo eso con un 30% de aforo no se cubre, ya se llega malamente de la otra forma. Nosotros no pedimos dinero, pedimos trabajo. Muchas veces vas a trabajar a los sitios por un caché y un precio que se ajusta conforme a tus gastos. Yo proponía que a lo mejor durante un tiempo y hasta que todo se equilibrara, trabajáramos con un caché fijo. Tendría que ser un estudio hecho por el Ministerio de Cultura, las autonomías, los ayuntamientos, productores, para establecer los baremos de caché por cantidad de gente. También hay que quitar el miedo al público de entrar en el teatro por primera vez después del confinamiento. Hacer que el público se atreva a estar durante una hora y media o las que sean, codo con codo con otra gente en un espacio cerrado, pues también va a ser un poquito complicado. Nosotros cuando hagamos esto es porque el público va a estar muy seguro. Nunca en mi vida profesional he estado tanto tiempo quieto en casa, nunca. 

¿Hay algún papel que después de todos estos años te gustaría interpretar? 

Hay uno que se me ha pasado. Tres veces me ofrecieron hacer de Don Juan Tenorio y no pude, pero hay uno que que yo creo que ya lo puedo hacer y que es mi sueño: el rey Lear. Yo hice la función, pero interpretaba al hijo legítimo, pero ahora me gustaría interpretar al rey. Desde que la hice me apetece. 

¿Qué consejo le darías a alguien que quiera probar suerte con el mundo de la interpretación?

Para probar suerte primero que se prepare, que haga la carrera de arte dramático o que estudie en escuelas, que sepa muy bien lo que quiere y que no piense en el triunfo de la televisión y el cine, que piense en su trabajo como actor, en su formación y que no se deje obnubilar. Hay mucha gente ahora que se sale o se quiere dedicar a esto a ver si lo cogen en un casting y se hace una estrella; será una estrella, sí, pero fugaz. En la televisión hay mucho juguete roto y esto es una carrera de fondo. Si quieres, no te rindas, pero sobre todo hay que querer, y si quieres puedes intentarlo. Vendrán momentos peores y otros mejores. Si trabajas honestamente y no por el triunfo, te funciona.

¿Qué depara el futuro para Juan Gea?

Siempre digo que soy eterno porque el día que me muera no me voy a enterar. Profesionalmente, retomar la gira de las dos funciones que tenemos, hay una serie de la que no puedo hablar todavía y que tiene nombre de mujer, una función que estamos acabando de escribir y que puede ser muy divertida y hay un proyecto muy fuerte que me llegó ayer y que estamos estudiando. Hay dos o tres proyectos, pero lo inmediato es retomar las giras de Por los pelos y El Insólito caso de Martín Piché.

Aprendiz de periodista. Director de Parajes.es.

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