¡Había una vez un… Rock and Roll Circus!

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Brian Jones tenía esa mirada huidiza y pícara del que oculta un secreto tan grande que al no caberle del todo dentro termina por estallar. Cuesta verle, las contadas ocasiones que aparece en escena, en ese canto del cisne que para él supuso la película “Rock and Roll Circus” de The Rolling Stones. Llama la intención el agotamiento que se vislumbra detrás de la sonrisa infantil, la abstracción mientras se recrea en la slide guitar de “No expectations” o el aburrimiento supremo tocando las maracas mientras Mick Jagger se supone que invoca al diablo. Los mohines impresos delatan sus diferentes estados de ánimo con la indeleble marca de la sinceridad. Emociona tanto intuirle en el infierno del hastío como asusta verle entrando al trapo en el juego del circo.

Yoko, Julian y Brian y John en las nubes.


Película maldita que supuestamente surgió de los delirios comerciales de Mick Jagger con el fin de crear un artefacto original de promoción, en armonía con la energía musical del cineasta Michael Lindsay-Hogg (uno de los padres del videoclip), “Rock and Roll Circus” se beneficia de la libertad y la falta de cálculo de una época errática donde cualquier excusa era válida para la diversión y, de paso, para tocar en directo unas cuantas (y buenísimas) canciones.


La película comenzó a grabarse el 11 de diciembre de 1968 y terminó la madrugada del día siguiente. En orden antológico se suceden una serie de músicos que, en el momento de participar en el evento, se encontraban en una situación tal que no daban, en ningún caso, más pábulo al fantasma de la rivalidad que a la hermandad de la fiesta.


Influidos e inspirados por la ventolera de la psicodelia, que daba ya sus últimos coletazos, los Rolling Stones (sobre todo Mick Jagger) se dejaron llevar por la propuesta visual y circense del director (Lindsay-Hogg), el cual a su vez no dudó en dar rienda suelta a toda esa iconografía que las películas de Federico Fellini habían impuesto como tendencia. La estética al servicio de una puesta en escena caótica (las actuaciones puramente circenses son un entrañable desastre) que incitaba a la lógica de la itinerancia: el espectáculo pretendía ser un batiburrillo en el cual, además de los cabezas de cartel, actuaran una serie de agrupaciones musicales afines, emergentes, imposibles e, incluso, innecesarias.


Los Jethro Tull fueron los primeros en salir al escenario, aunque esto no sea del todo cierto, como explicaremos más adelante. Liderados por Ian Anderson, apenas se habían formado hacía un año y ya tenían un álbum en el mercado y una crisis con su guitarrista original, Mick Abrahams, que fue sustituido momentáneamente por Tony Iommi (que sería uno de los fundadores de Black Sabbath), al cual, por cierto, puedes ver haciendo el paripé del playback en su interpretación. Por otro lado, tal y como establece el rigor de la leyenda, los Jethro Tull resultaron elegidos de entre una selección de bandas que incluía una, aún más novísima y de la que todo el mundo comenzaba ya a chismorrear, llamada Led Zeppelin.


Los siguientes, The Who, habían estado de gira tocando en directo por Europa con una intensidad tal que a su paso todo lo arrasaban. Llegaban, por tanto, pletóricos y exultantes al escenario del “Rock and Roll Circus”. Con un estado de forma implacable, Townshend, Daltrey, Moon y Entwistle, demostraron un descaro innato que, después de su actuación, puso a prueba la vanidad de un Mick Jagger que, por aquel entonces, empezaba a creerse (casi) infalible.

The Who dejándose la piel en el ensayo.


Taj Mahal y su banda fueron los artistas americanos propuestos por Keith Richards para participar en el evento. Su actuación, sin embargo, por un problema con los papeles de inmigración solicitados por el sindicato de músicos británico, tuvo que grabarse el día anterior, el del ensayo general, y (casi) sin público. Con su blues clásico de altos vuelos, tenía todo el sentido musical del mundo que éstos formaran parte del espectáculo como representantes de las influencias transoceánicas, cada vez más evidentes, cada vez más determinantes, en las aportaciones de Richards al sonido de las nuevas composiciones de los Rolling Stones.


Entre tanta testosterona, Marianne Faithfull aparece en escena como si de un ensueño se tratara. La grúa que Lindsay-Hogg utiliza para presentarla, así como el candor de la timidez de la propia Faithfull y el embrujo de la canción exquisita que interpreta, “Something better”, producida además por Mick Jagger, inciden en esa fantasía, en esa dicotomía entre la dulzura y la oscuridad.

John Lennon llega al circo desorbitado y sin los Beatles, pero con Yoko Ono dentro de una bolsa (literal). Parece lo que es, un chiflado maravilloso, una súper estrella que se regodea en el absurdo y se cambia de acera cuando se encuentra de frente con cualquier cosa parecida a la sutilidad.


La súper banda con súper estrellas que los ideólogos del asunto pretendieron formar para la ocasión, como prefacio de la actuación de los Rolling, tuvo sus diferentes integrantes, sus diferentes combinaciones, hasta que Jagger se decidió por John Lennon, seguramente seducido por la mordacidad y la predisposición que un espíritu libre como el suyo (por entonces en pleno conflicto con Macca, el primero en el que pensó Jagger, por cierto) podía aportar. Steve Winwood, hasta el último momento, estuvo a punto de incorporarse a la formación, pero fueron Eric Clapton (a la guitarra) y el batería de la Jimi Hendrix Experience, Mitch Mitchell, los que, junto a Keith Richards (tocando el bajo), pivotaron finalmente alrededor de Lennon en los fugaces The Dirty Mac (en clara alusión a los Fleetwood Mac).


La esperanza y la tristeza que se adivinaban detrás de la rocosa cadencia de “Yer blues”, un tema que Lennon había compuesto para el Álbum Blanco, contraponían el espíritu y la carne. La canción, apenas un ensayo (el segundo) filmado, demuestra como de monumental puede llegar a ser el rock y como de estratosféricas pueden llegar a ser sus súper bandas.

The Dirty Mac


Fiel a su Yin, fiel a su Yang, Lennon no duda en provocar un cataclismo para la segunda actuación de The Dirty Mac, una improvisación que enfrentaba el virtuosismo del violinista israelí Ivry Gitlis con la audacia multidisciplinar de Yoko Ono. Es una jam session que tiene el valor añadido de haberse convertido, a pesar de la mala idea, en algo parecido a una canción.


Lennon y sus barrabasadas daban paso a la principal excusa de todo este galimatías: la promoción del “Beggars Banquet”, un álbum que incidía más (de lo habitual) en el sonido sucio y arrastrado de los Rolling Stones. Allí donde el rhythm & blues se consolidaba y se hacía fuerte, la sombra de la canalla se alargaba.

Entre unas cosas y otras, los Stones acabaron saliendo a actuar a las 2 de la mañana. Tantas horas de espera los había incitado a disfrutar más allá de lo debido de la dispersión, llegando a un considerable estado de vaporoso agotamiento a la hora de defender el repertorio. Tocaron las canciones del “Beggars banquet”, “Parachute woman”, “No expectations”, “Sympathy for the devil” y “Salt of the earth”; el single (no incluido en el álbum) “Jumping Jack Flash”; más la presentación del tema aún no editado, “You can’t always get what you want”. A la formación original de la banda (Jagger, Richards, Jones, Wyman y Watts) se sumaron Nicky Hopkins al piano y Rocky Dijon a la percusión.


Durante el concierto la energía resultó un tanto extraña. Los movimientos de Jagger eran sinuosos y atrevidos, sí, pero algo no terminaba de funcionar. Demasiado fríos y distantes entre los componentes como para disimular la falta de química con el espectador, lo cierto es que la actuación, a pesar del magnetismo incontestable, no consiguió despejar de bruma la plomiza atmósfera que los envolvía. La versión del “Sympathy for the devil” se beneficia del provocador cuelgue felino y a cámara lenta de Jagger, eso es indudable, pero hasta en el fin de fiesta con “Salt of the earth”, se echa de menos una energía menos arrastrada.


Condicionados por las inseguridades que ellos mismos esgrimirían más tarde, a la hora de decidirse o no a editar el material una vez filmado y, tal vez intimidados por el visionado de la deconstrucción rock que llevaron a cabo los Who, en poco más de siete minutos y medio, con “A quick one, while he’s away”, los Rolling Stones se replantearon muy en serio desechar su parte y volver a grabarla en, nada más y nada menos que el Coliseo Romano. Una utopía que jamás se vio consumada.


Ya fuera por ese miedo a no estar a la altura esperada o por la fugacidad de las ocurrencias comerciales, incluso como en este caso, materializadas, lo cierto es que los rollos de película de “Rock and Roll Circus” estuvieron perdidos durante más de 15 años. La desidia de todos, sin embargo, quiso que el teclista y posterior road manager de los Rolling, Ian Stewart, guardara las cajas con el material cinematográfico en su casa de campo para que no se extraviaran. Cuando éste falleció, a finales de 1985, fue su viuda Cynthia la que encontró el tesoro y entonces empezó un lento proceso de restauración, que culminó en 1996 con la proyección de la película en festivales y su posterior edición en formato de vídeo doméstico.


Rock and Roll Circus”, a día de hoy, constata que la verdad de los hechos y la verdad de los sentimientos de los implicados no tienen por qué confluir en algún momento, en un determinado punto, como para que los que han visualizado la película alguna vez no puedan disfrutar de una realidad, como poco, controvertida. Ahora que se ve poderosa y nítida (restaurada en 4K), estrambótica y exagerada, casi todo lo que pasa dentro de ella tiene la capacidad de pervertir y resolver a la vez el brutal conflicto entre los contrastes. La lucidez, con los destellos que la sensatez al fin impone, resitúa en su justa medida los acontecimientos que, gracias a su reflejo, dinamitan los recuerdos de aquellos que lo vivieron y prácticamente no se acuerdan de nada. O, como la propia Marianne Faithfull expresa con sinceridad en su pista de comentarios al volver a ver las actuaciones en la edición en vídeo: “Qué extraño eso de los sesentas… Cuando escribí mi libro me di cuenta de las cosas que recordaba y de las cosas que no, y lo que no recuerdo son muchos de los mejores momentos. Recuerdo los momentos difíciles más fácilmente que los buenos momentos, y es que los buenos momentos sólo pasan y son buenos…


Por cierto, esta fue la última vez que pudimos ver a Brian Jones tocar con su banda.

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