El latido del directo y su electricidad

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La pesadilla está aquí, la realidad quedó atrás, en algún lugar del pasado. Me da que vamos a estar una importante temporada echando de menos muchas cosas, entre ellas, la música en directo.


Tenemos que cuidarnos, eso está claro. ¿Cómo? Eso es lo que no está tan claro. Cuidarse, así, en general, está de actualidad como mensaje superficial en tiempos de utopía, un lugar desde el que partir y que nos arrastra hasta el otro lado de la orilla donde nos espera el poder de su intrínseco buenismo, una (mala) fama que rebaja la peculiaridad de su significado. Como un resplandor, en el mejor de los casos, la pausa que la reflexión necesita, antes de su ejecución, boicotea la debilidad de los otros (ay, siempre los otros), los que nunca saludan si los saludas, los que nunca sonríen si los sonríes, los que siempre llevan gafas de sol precisamente para que el resplandor no los pille desprevenidos. No vaya a ser que el beneficio de la duda… No vaya a ser.

Como coletilla (cuídate, cuídense, cuidaos), un formulismo digno y cálido que soluciona cualquier tipo de despedida, tampoco va mal. Sirva como recurso entonces. Además, para los momentos de ofuscación suprema, su doble sentido, el oscuro, claro, aligera la presión, revaloriza el desahogo. Y es que, si cuidarse agota, imaginad cuidar a los demás.

El caso es que todo esto podría no estar pasando, pero… está pasando. Las pandemias, como las crisis que traen bajo su manto, reverdecen la desesperación de una jauría (ay, siempre los otros), politizada, aunque nos empeñemos en decir lo contrario. Todo es política, hermano. Sumemos a todo esto la duplicidad elusiva del individuo que, por un lado, es incapaz de tomar decisiones y por otro, si le dicen lo que tiene que hacer se siente sometido. Todo es un sindiós, hermano.

A estas alturas, por tanto, el derrumbe está más que justificado, y ya nadie se libra de padecer la asfixia bajo los escombros. La pesadilla está aquí, la realidad quedó atrás, en algún lugar del pasado. Me da que vamos a estar una importante temporada echando de menos muchas cosas, entre ellas, la música en directo.  

Si partimos de la base de que la música es cultura, y la cultura no cotiza al alza precisamente (con pandemia y sin pandemia) entre los políticos españoles, entonces el dilema por sí solo revienta (se reinventa). Habrá quien piense que la música no es cultura, pero esa ya es otra clase de pandemia.

(Atención, destripe para aquellos que consumen exclusivamente música en streaming). La música editada permanece en la estantería agazapada hasta que, primero un pensamiento, después unos ojos, inmediatamente unas manos, rescatan una carpeta con el material que contiene la fórmula mágica de una combinación de notas, de unos arreglos que las matizan. La aguja baila un agarrao con el vinilo, el camino ya está trazado, el amplificador se encarga de darle voz a la voz y distribuirla por los canales, el resto corre de nuestra parte: en busca de estímulos subimos el volumen, bailamos, cerramos los ojos, nos retrepamos en el silloncito para escuchar y leer a la vez las letras de las canciones (excepto con los discos de Pulp, por supuesto); otras veces sólo buscamos que la música nos haga compañía mientras fantaseamos compañía.

La música en vivo es otra cosa. En este caso la conexión con el artista está intervenida por la conexión que a su vez se establece entre otros individuos que han ido a un recinto a lo mismo que tú. Bueno, no exactamente, pues cada uno tiene sus propias motivaciones, legítimas, imperturbables hasta que suena la primera nota de la canción que estabas esperando, te besas con tu acompañante, berreas las letras a voz en cuello rodeado de tu pandilla canalla o traspasas el umbral de tolerancia al alcohol. La relatividad que germina de uno mismo rebota contra la de los otros, y la banda mientras, en el escenario, con su percepción atiborrada, vaya usted a saber de qué, de cuánto, por quién. Y es que, si las ganas de tocar y las ganas de escuchar confluyen en el ritual del directo, entonces acto y deseo se proyectan en una inquietud que potencia los recursos de la imaginación. Postrer motivo del delirio al recordar una experiencia única, irrepetible: como consecuencia un ufano «yo estuve allí». El batacazo, por considerar también la opción contraria, no se librará de una decepcionante sensación de oportunidad perdida, de un vacío, de un desastroso «¿Pero qué es lo que ha pasado?». Las dos razones jalonan las leyendas.

Acaso nos hemos olvidado ya de aquellas veces que, agotados, tirábamos de reservas para aguantar de pie hasta el final las dos horas y media (más otra hora de espera) que duraba el espectáculo. Empapando la camiseta, en solidaridad con el cantante, basábamos el movimiento del baile en la técnica del brinco, cuanto más alto mejor, y ya, no había más: primitivo, efectivo, lubrificante. O aquellas veces que, sentados en comunal disposición en el patio de butacas de un recinto cerrado, frágiles y receptivos, nos quedábamos cautivados hasta que, involuntariamente, el latido del ritmo y su electricidad nos catapultaban como un resorte a pie del escenario, obligando a los representantes de la seguridad a exigirnos la vuelta inmediata a nuestra localidad. A mí no se me ha olvidado, ni se me piensa olvidar.

Tocan a rebato todos esos recuerdos que se amontonan a medida que se suceden los días: locales cerrados, fechas aplazadas, aforos restringidos, tiempo de espera hasta que se comercialice una vacuna. No, si esperar esperamos pero, ¿hasta cuándo podremos esperar? Porque entre creer y crear todo es esperar. Abandonados a una suerte incierta, coleccionamos crisis. Encajadores de piel dura, ralea que algunos admiran y casi nadie respeta, así en el escenario como en la platea. Los lamentos reclaman dignidad y auspician el melodrama. A pesar de la falta de respeto, la fuente de inspiración nunca se agota, lo que se agota es la paciencia. Hay crooners de los malos rollos empecinados en hermosear el destino y orquestas de la catástrofe empecinadas en salir de gira con su Titanic. Aristas de artistas que se enquistan y, desquiciados entusiastas que tienen que renunciar a sus deseos. Conozco a tantos.   

Después de todo, a pesar de que la lógica de la voluntad imponga sus medias tintas con urgentes soluciones, de momento no del todo concluyentes, la tecnología no puede sustituir a la carne, el sudor o las lágrimas. Las probaturas de los músicos de emitir los conciertos a través del ordenador han establecido un paradigma real, pero no exclusivo, compatible con el sistema de toda la vida. ¿Miedo al cambio? No lo creo, tal vez, no sé. Puede que, en un futuro cercano, cuando la seguridad lo permita, tengamos la oportunidad de acceder al lugar que los músicos quieran que accedamos sin restricciones de ningún tipo de calor humano. Esto no es óbice para que convivan, durante el trayecto hasta llegar a la cura, la nostalgia y la imaginación (a pesar de que hace ya demasiado tiempo que no podemos satisfacer el fetichismo de coleccionar las entradas de los conciertos en papel y parece que hace un siglo que existen los móviles), con las dudas y los experimentos digitales (que son inevitables, que habrá que hacerlos) y así calmar las ansias de un mundo que, saturado, angustiado, harto ya de nuestro abandono, ha optado por darle al botón de pausa.

Tenemos que cuidarnos, eso está claro.

Cuidarse con ironía también es sano. Gracias, Jarvis.

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