Primero verían a Dios, después a sus cuatro discípulos: una fábula de dos instantáneas

El entusiasmo de Richard no sólo electrificó a los cuatro Beatles, como si estos hubieran necesitado algún tipo de energía extra, sino que enardeció a una audiencia entregada por completo a la alegría de sentir, dejándose llevar, sin saber, sin ser muy conscientes, del instante que estaba ocurriendo allí, delante de sus ojos: estaban viendo a Dios, después verían a sus cuatro discípulos.

Little Richard junto a Paul McCartney, Ringo Star, George Harrison y John Lennon.

Aquella tarde Little Richard estaba especialmente guapo algo que, por otro lado, no era nada excepcional. Después de haberse perfilado el bigote, se puso un traje elegante que, sin embargo, le quedaba demasiado holgado, y se sentó delante del espejo. Trataba de cambiar dinámicas (el hábito, en su caso, hacía a la bestia) y parecer tan respetable como cualquiera tras el retiro espiritual que le había alejado de su faceta más descarada, la que, por otra parte, le había dado la fama. Aquella revelación, cinco años atrás en Australia, le había hecho replantearse las cosas hasta el punto de sacrificar al lascivo Richard, carne de cañón, y rescatar al Richard venerable, representante de Dios en la tierra, mejor dicho, para ser más exactos, en el mundo del espectáculo.

Richard Wayne Penniman, el verdadero nombre detrás del artista, llegó a plantearse dejar la música, aunque finalmente antes de abandonar, probó a ser consecuente y regresó a sus raíces predicando a base del góspel que le había amamantado. Lo dejó casi todo. Se marchó de Speciality Records y consiguió editar para el Sello End, en dos volúmenes titulados Pray along with Little Richard (1960), sus experiencias sacras, sus necesidades vitales. Esto le dio la oportunidad de ser feliz durante un tiempo dejándose acompañar exclusivamente de un coro y un organista, a pesar de que el incandescente rocanrol (¿qué fue de «Long Tall Sally»?, ¿qué fue de «Good Golly Miss Molly»?) no cejó en el cortejo, acosando al músico, haciéndole flaquear. Incluso, en un acto de debilidad, sucumbiendo al placer, se puso en contacto con su anterior banda, los Upsetters, y les propuso encerrarse en el estudio para volver a sentir, fugazmente, la eléctrica espiritualidad de lo banal, de la música popular. Sin embargo, lo que de verdad le había estimulado, lo que de verdad le había devuelto la energía hasta el punto de plantearse muy en serio regresar a los escenarios, fue el éxito personal de haber grabado el año anterior con Quincy Jones y su Orquesta, The King of The Gospel Singers (1962), un disco que él consideraba hermoso y emotivo. Añorados chispazos de Alma y Rock que, por otro lado, según Quincy Jones, habían incendiado el estudio durante aquella colaboración. De alguna manera había conseguido recuperar parte del salvaje Little Richard de antaño. Ahora que los dos Richard convivían y decidían irse de gira, además de trajes de predicador, partituras de góspel y una Biblia, en su(s) maleta(s) volvían a tener cabida unas cuantas revistas porno y una botella de bourbon.

Cartel promocional de la actuación.

Aprovechando el empuje que le había dado la grabación del disco junto a Quincy Jones y su sutil repercusión en el mercado, Little Richard decidió, basculando entre la fe y el rock’n’roll, embarcarse en una gira británica junto a Sam Cooke. Este hecho puso en alerta a un joven empresario liverpuliano, encargado de la parte musical de NEMS (North End Music Stores), el negocio familiar que le había servido para poder crear a su vez la filial NEMS Enterprises Ltd. y así llevar los asuntos legales de The Beatles, una banda de la que se había quedado prendado en 1961 después de haberlos visto actuar en el infecto local The Cavern. Brian sabía lo mucho que la música de Little Richard había influido en los Beatles y Richard era consciente del fervor que despertaba su música en algunas de las jóvenes y prometedores bandas beat inglesas, con lo cual, no parecía difícil que el acuerdo entre las dos partes se materializara. Solo, en su camerino, aquella tarde Little Richard se sentía relativamente tranquilo después de haber aceptado la propuesta de Brian Epstein, que consistía en que actuara como cabeza de cartel en un concierto mastodóntico que iba a tener lugar en el Tower Ballroom de New Brighton, conmemorando, de manera oficiosa, la firma del contrato que se había llevado a cabo el 1 de octubre y que ligaba a The Beatles con NEMS durante cinco años. Además de The Beatles, el cartel incluía un buen número de bandas, en la onda de Epstein, como The Four Jays, The Merseybeats, The Undertakers, Pete MacLaine & The Dakotas, etc. La fecha del concierto se fijó para el 12 de octubre de 1962, una semana después del lanzamiento del sencillo Love me do, y es justo en ese instante en el que situamos la acción de esta escena, para ser más exactos, dentro del camerino de Little Richard, que se encontraba solo, terminándose de pintar la raya del ojo, tranquilo, pensando en Dios y en el rock’n’roll.

Faltaba todavía un rato para salir a tocar cuando alguien llamó a la puerta dos veces.

—¿Señor Richard?

Little Richard, sin levantarse de la silla, respondió mientras se arreglaba la corbata delante del espejo.

—¿Sí?

—Disculpe que le moleste, Señor Richard, es que quería comentarle una cosa.

Se produjo un breve silencio, Little Richard terminó de colocarse la corbata, se levantó de la silla, se humedeció los dedos para atusarse el bigote y se encaminó hacia la puerta. Cuando la abrió, a pesar de que la luz de un foco le cegó momentáneamente la visión, pudo reconocer a Brian, el entusiasta agente que le había llevado hasta allí. Brian sonrió en parte agradecido, en parte admirado ante la belleza que emanaba del sacerdote, a lo que Richard le respondió con un sutil arqueo de cejas. No sólo era el foco, sino el ruido de fondo, eran los artistas, los técnicos, algunos fans, todos pasando alrededor. Richard se dio cuenta de que aquel no era el mejor lugar para tener una conversación así que, con un leve gesto de cabeza, invitó a Brian a pasar a su camerino.

—Verá, tengo a los chicos, ésos de los que le hablé, los Beatles, ¿recuerda? Están como locos por conocerle, no se puede imaginar —dijo Brian mientras Richard cerraba la puerta y se dirigía a sentarse delante del espejo. —Me preguntaba si usted cree que es un buen momento para decirles que se acerquen y presentárselos.

Richard, en un gesto de coquetería más que de indiferencia, sin mirar a Brian a los ojos, se mesó las patillas.

—No se puede imaginar la energía que derrochan. Por ahí andan, improvisando canciones con unos y con otros… —Pero según lo estaba diciendo Brian se dio cuenta, no pretendía importunar al músico poco antes de salir a tocar al escenario. Cuando a punto estaba de poner una excusa y dar media vuelta, Richard le miró, esta vez sí, a los ojos, le dedicó una gran sonrisa y, así fulminó cualquier tipo de pretexto al que Epstein hubiera decidido agarrase.

—De acuerdo, que vengan. —Brian se quedó de piedra, no sabía muy bien qué hacer, le tendió la mano y Richard, ignorando el apretón de manos, rehuyendo una vez más la mirada, le preguntó —¿Son tan buenos como dices?

—Son increíbles.

Brian salió encantado. Richard no sólo le había prometido saludar a los Chicos, ésos de los que le habló, sino que, además, le había confirmado que se haría una fotografía con ellos. Era consciente de la importancia de distribuir una instantánea de su nueva banda junto a una estrella del tamaño, todavía muy grande a pesar de que los últimos años no había brillado con el mismo fulgor, de Little Richard. Para Brian Epstein aquella fotografía podía funcionar como una clave para, al menos, llamar la atención del mercado americano, su siguiente objetivo. Para Little Richard, sin embargo, no era más que una instantánea, otra más de las muchas que se hacía, que se había hecho, en este caso con unos jóvenes admiradores británicos.

Little Richard alternaba la lectura de ciertos pasajes de la Biblia con ejercicios para calentar la voz cuando volvieron a llamar a su puerta. Era Brian, pero esta vez no venía solo. El agente tuvo que azuzarlos para que entraran al camerino, Richard los sintió al principio un poco tímidos. Uno de ellos —Richard todavía no se sabía sus nombres—, el más eléctrico de los cuatro, llevaba colgada al hombro una Rickenbacker 325 reluciente que parecía nueva; otro, trataba de pasar desapercibido entre sus compañeros, pero los enormes anillos en sus dedos no hacían otra cosa que llamar la atención. La comicidad de aquella situación ayudó a que fuera el propio Richard el que rompiera el hielo de la forma más inesperada.

—¡A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!

Los cuatro, más Brian Epstein y varios miembros de The Chants que andaban por allí se quedaron en suspenso, literal, no podían creer lo que habían oído. Un huracán desatado, un satélite surcando un camerino. Fue John Lennon, quitándose la guitarra y tendiéndosela a Brian, el que se liberó primero de la admiración y su velo y se arrancó de raíz la timidez.

—¡Tutti Frutti, aw rootie!

Claro, qué otra cosa podía hacer McCartney si no acompañar a los coros como fiel escudero y despeinarse imitando el grito de su ídolo.

—¡Tutti Frutti, woooo!

Las risas inundaron la habitación y las palabras, arrebatadas, se perdieron entre el humo de los cigarrillos, ante la incredulidad del maestro frente a sus alumnos. Hubo fotos, por supuesto: en una Little Richard posaba sentado, rodeado por The Beatles; en otra, también sentado, posaba, además de con los cuatro de Liverpool, con varios miembros de The Chants. Aquel conato de francachela, si de los Beatles hubiera dependido, no habría terminado nunca, tal era el estado de euforia, por eso Brian se vio en la necesidad de imponer cierto orden. Y no fue fácil, le llevó un buen rato convencerlos. De hecho, para que dejaran a Little Richard en paz y renunciando por un instante de sus exquisitos modales, se vio en la necesidad de sacar a McCartney de allí agarrándole por la solapa.

—¡Vaaaaaamos!

A Little Richard se le escapó una carcajada cuando, debajo del quicio de la puerta, justo antes de desaparecer, Paul McCartney se giró para guiñarle un ojo. Por fin, la calma volvió al camerino. Al rato, santiguándose antes de poner el pie derecho en la tarima, Little Richard salió al escenario encontrándose especialmente cómodo durante su actuación. De vez en cuando, de reojo, miraba entre bastidores y veía a los cuatro chicos emocionados, recreándose entre contorsiones imposibles. Más que bailar, parece que estuvieran saltando encima de una hoguera, pensó, mientras él hacia lo propio tocando de pie, con una pierna encima del piano. El entusiasmo de Richard no sólo electrificó a los cuatro Beatles, como si estos hubieran necesitado algún tipo de energía extra, sino que enardeció a una audiencia entregada por completo a la alegría de sentir, dejándose llevar, sin saber, sin ser muy conscientes, del instante que estaba ocurriendo allí, delante de sus ojos: estaban viendo a Dios, después verían a sus cuatro discípulos.

Algunas veces salgo de las sombras y surfeo entre los mycrosurcos.

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