Vestigios de Peter Green en Fleetwood Mac

De repente te haces mayor cuando descubres que los Fleetwood Mac de Rumours no son los Fleetwood Mac genuinos. Bien, supongamos que estamos a finales de los 80, y que un día cualquiera escuchas “Albatross” (en la radio o en un recopilatorio del verano del amor que tiene tu padre en su colección de discos) y que, cuando aún te estás recuperando del zarpazo recibido por la calidad de lo que has escuchado, vuelves a recibir otro, más fulminante que el anterior, al enterarte de quién ejecuta la pieza: los Fleetwood Mac. Y no contento con eso, quieres salir de dudas (todas), e indagas un poco más y descubres que hay otras canciones, tan hermosas como «Albatross«, que no son “Dreams”, “Gypsy”, “Don’t stop”, “Little lies” o “Big love”, y que parecen de otra banda completamente distinta pero con el mismo nombre. Buah, un descacharre.

Peter Green en 1967.

Nacido en Londres en 1946, Peter Green fue un guitarrista precoz que a los 10 años ya trasteaba con las 6 cuerdas influenciado poderosamente por el skiffle, género que los británicos habían importado de Norteamérica y que, especialmente después de la Guerra, comenzó a expandirse entre las jóvenes bandas de clase obrera del Reino Unido. Del skiffle Green, en sus horas de desvelo, extrajo la raíz del blues que poderosamente marcaría su forma de tocar la guitarra, como les ocurrió a otros tantos artistas blancos que sucumbieron al eléctrico poder del vudú afroamericano. El momento clave para dar el salto profesional le pilla a Peter Green en plena invasión británica, un momento de esplendor y onda expansiva del que surgen multitud de bandas, lo cual justifica las ansias de los novísimos: arrancando proyectos que más adelante daban lugar a otros proyectos o, simplemente, aprovechando la necesidad del artista (como quien respira) para rebuscar hasta encontrar su espacio: mudanzas creativas, variaciones de géneros e influencias, combinaciones de talentos que, en ocasiones, daban como resultado experimentos tan excitantes como increíbles.  

En 1966, Peter Green se une, como guitarrista principal, a la banda liderada por Peter Bardens, los Peter B’s Looners, donde conoce al batería Mick Fleetwood, que será su compañero de fatigas musicales en los siguientes 4 años. Los efímeros Peter B’s Looners tratan de abrirse camino entre el indiscriminado bum de bandas, actuando como teloneros de los mismísimos Georgie Fame and The Blue Flames. Como no pasa nada con ellos, deciden dar un nuevo impulso e incorporan a dos jóvenes vocalistas, Rod Stewart y Beryl Marsden, cambiando el nombre de la banda por el de Shotgun Express. Parece que el signo de la evolución es estar en perpetuo movimiento.

Peter Green y Mick Fleetwood.

Antes, incluso, de enrolarse en la banda de Peter Bardens, Green ya había tenido su particular puesta de largo delante de la realeza británica y guitarrera de la época cuando un año antes, en el verano de 1965, sustituye, en plena gira, a Eric Clapton en los Bluesbreakers de John Mayall. Consagración que toma un fuerte impulso a partir de finales de julio de 1966, cuando Clapton decide abandonar definitivamente los Bluesbreakers. Green acepta entonces la propuesta que le hace John Mayall para formar parte de su inestable banda y graba con ellos un álbum fundamental para entender el furor del blues blanco británico de la época, «A hard road«. Meses más tarde, por mediación de Green, Mick Fleetwood entra también en los Bluesbreakers sustituyendo al anterior batería Aynsley Dunbar que sólo había estado con Mayall durante la grabación de «A hard road«. Como consecuencia lógica de este loco baile de músicos en bandas, en el verano de 1967, Green y Fleetwood abandonan los Bluesbreakers con la idea de montar su propio grupo. Durante su corta estancia en los Bluesbreakers ambos habían hecho buenas migas con el bajista John McVie, al que, con clara intención motivadora, invitan a tocar en unas sesiones improvisadas que, creían, podían ser el detonante para el nacimiento de una nueva formación. En estas jam sessions Green, Fleetwood y McVie constatan la buena sintonía que hay entre ellos, pero McVie, todavía con compromisos pendientes con los Bluesbreakers, no está en condiciones de incorporarse a ningún tipo de proyecto. Green, no obstante, decide seguir para adelante con el plan preestablecido y, en un claro guiño a los dos escuderos de la sección rítmica, bautiza al grupo como Fleetwood Mac. En este impasse, hasta la llegada de McVie, Green recurre a Bob Brunning , para encargarse del bajo, reclutando además a otro guitarrista, Jeremy Spencer, para tocar la slide. Toda una declaración de intenciones encaminada a conseguir un sonido brutal, un directo enfebrecido, para que la misma esencia del blues arrasara ante cualquier tipo de sucedáneo que no estuviera a la altura de los estándares de los maestros de Chicago que tanto veneraba(n).

Tal era el reto de Green, además de rendir pleitesía: abundar en las mismas sensaciones que habían germinado dentro de él, y en general en las islas desde finales de los 50, cuando algunos bluesmen americanos, de gira por el Reino Unido, habían hecho saltar la chispa en el panorama musical británico. Fue entonces cuando a las jóvenes promesas, enganchadas a esa cadencia ancestral, les explotó el cerebro tratando de reeditar, a pesar de sus limitaciones y los condicionantes, un sonido genuino que, si bien no les era familiar, decidieron pactar, Freddie King mediante, con el gurú (Elmore James) y con el diablo (Robert Johnson), entro otros. El proceso, coherente y residual, arrancaba, la mayoría de las veces, de la mano de esforzadas versiones que acababan dando lugar a composiciones originales donde el virtuosismo de una banda perfectamente ensamblada, revalorizaba el fin de tan impertinente empresa. Aullidos blancos, guitarrazos insolentes que acabaron por colarse en las emisoras, en los tocadiscos de las casas, en los directos canallas de una época de asalto y excitación.

Los Fleetwood Mac debutan en agosto de 1967 en el Festival de Blues y Jazz de Windsor, poco tiempo después de que el productor Mike Vernon los fichara para su sello Blue Horizon. En este arranque participan también como músicos de sesión para Otis Spann y Duster Bennett y en noviembre, ya con McVie en el grupo, lanzan su primer single, I believe my time ain’t long (con ”Rambling Pony” de cara B), que no entra en listas.

Como fruto de la bisoñez y las ganas, de estos Fleetwood Mac fundacionales dos LP’s impresionantes se revelan en 1968, “(Peter Green’s) Fleetwood Mac” (en febrero) y “Mr. Wonderful” (en agosto), trazando entre los dos un sendero palpitante en el que un Green, pletórico, recorre, cargado de bourbon, los parajes del mejor blues electrificado que siempre se había imaginado tocando. Son álbumes de regocijo y admiración en los que se puede sentir el poder de la libertad, antesala de futuras inspiraciones, de unos músicos ebrios de sueños. Libertad que, salpicada por la injerencia de la mezcla (jazz, pop, folk, rock, soul, r&b) y de unos cambios sociales constantes y, sobre todo, emocionalmente vivificadores, acarrea el acceso a dimensiones extrasensoriales que, según la capacidad de percepción del músico primero, del receptor después, transportan el proyecto inicial hasta latitudes que, precisamente, bordean la maestría.

De izquierda a derecha, Peter Green (en el suelo), John McVie, Jeremy Spencer, Mick Fleetwood y Danny Kirwan.

1ª señal:

Entre (Peter Green’s) Fleetwood Mac y Mr. Wonderful, Green, cual hechicero, prueba la eficacia de la fórmula secreta que cree haber encontrado y edita el sencillo “Black Magic Woman” (la cara B contenía el tema “The sun is shining”), su primer hito, en el que consigue sintetizar todo aquello que bullía en su cabeza mientras sus dedos se le iban solos. “Black Magic Woman” es el perfecto ejemplo de que la apropiación bien hecha es debida y está justificada. Escarbemos en su genealogía: “All your love” de Otis Rush es el padre. La versión que de ésta hicieron John Mayall y Eric Clapton (etapa pre-Green), es el padrastro. Y “I loved another woman”, un tema original de Green, incluido en el primer álbum de Fleetwood Mac, descaradamente influenciado por el de Rush, es el hermano mayor. “Black Magic Woman” fue la primera canción con la que los Fleetwood consiguieron entrar en listas británicas (puesto 37) y dos años después, tal vez presintiendo la dimensión de la pieza, Carlos Santana la hizo mega popular. Bueno, la versión de Santana es cojonuda, sí, pero deteneos por un instante en la calidad de los antecedentes. Una pasada.

*

Del dogma, con gracejo, surgieron nuevos principios bastardos que, en su hermosa fluctuación, resulta que expelieron toda esa magia negra. Peter Green se hizo el responsable de estos ejercicios de brujería tan imprevisibles, tan poco sutiles, con los que lograba mantenerse inquieto e inspirado. Mientras tanto la banda, después del lanzamiento de Mr. Wonderful, pretendió hacer fuego con más fuego y contrató a un tercer guitarrista, el jovencísimo Dany Kirwan, que asumió con desparpajo el vuelo que el quimérico Green le propuso, ante la creciente pasividad de Jeremy Spencer, cada vez más alejado del grupo. Vuelos de guitarras como aves, aves de hipnóticos vuelos, deleite que rasga un cielo de cuerdas. Cierra, por si acaso, los ojos, que vienen las nubes de cara.

2ª señal:

El 22 de noviembre de 1968 los Fleetwood Mac publican un nuevo sencillo, “Albatross” (en la cara B la canción “Jigsaw Puzzle Blues”), una rara avis que sortea el blues y garabatea ante el júbilo hippy, adentrándose en las listas y alcanzando el número 1 de las británicas. Un lisérgico hit, una hermosa pieza en la que mano a mano, cuerda a cuerda, Green y Kirwan raptan el espíritu de un viejo tema de Santo & Johnny, “Sleep walk”, suspendiendo las notas en el firmamento, mientras el poder de la reverberación consigue que al tema le salgan alas, lo mismo que, un año después, intentaría conseguir un impúdico John Lennon, citando “Albatross”, en su canción “Sun King”, un plagio sucinto y cojonudo que redondea la estratosférica segunda cara de Abbey Road de The Beatles. En fin, que lo de alcanzar otras dimensiones se empezaba a quedar corto.

*

El canto del cisne del clasicismo blues, que marca la primera etapa de la banda, queda reflejado en las sesiones que los Fleetwood Mac, de gira por los Estado Unidos, realizan en los estudios Chess de Chicago en enero de 1969. Allí, rodeados por parte de la mitología que a Green y a los suyos les había inspirado a hacer música negra, se rinden al vértigo de la improvisación y al jolgorio de un repertorio anárquico que da sentido a la pasión y a la fidelidad de unos, por entonces, poderosísimos Peter Green, Jeremy Spencer, Danny Kirwan, John McVie y Mick Fleetwood, uniendo sus fuerzas a un plantel increíble de músicos: Otis Spann (voz y piano); Willie Dixon (bajo); Walter “Shakey” Horton (voz y armónica); J.T. Brown (voz y saxo); Buddy Guy, con el seudónimo de Guitar Buddy (guitarra); David “Honeyboy” Edwards (voz y guitarra) y S.P. Leary (batería). El ceremonial quedó registrado, pero no se comercializó hasta casi un año después, en diciembre de ese mismo año, en formato doble y con distintos títulos: “Fleetwood Mac in Chicago”, “Blues Jam at Chess” y “Blues Jam in Chicago, volumes one and two”. Incrédulos, avisados estáis del peligro que supone la escucha de semejante artefacto.

El recopilatorio “The English rose”, publicado en enero de 1969, palía la ausencia de lanzamientos en formato LP, desde “Mr. Wonderful”, hasta que el 3 de abril de 1969, tras fichar por Immediate Records, se comercializa el sorprendente single “Man of the world” (que llega al número 2 en listas): único (y mágico) lanzamiento de la banda en su nuevo sello.

3ª señal:

Dejémoslo claro, “Man of the world” es el Taj Mahal de Peter Green. Éste, enrocado todavía en la delicada belleza de “Albatross”, decide usar una sutil esencia blues rock para sacarle sensibilidad a una letra lastimera, sufrida, redentora, fantaseando con una simplicidad folk proveniente de la experiencia a la que alude, precisamente, el protagonista de la canción. Milimétrica y precisa, “Man of the world” es una de esas canciones que podría justificar por sí sola toda la carrera de un artista debido a lo fundamental que parece, que suena, que es. Según cuenta Elvis Costello en sus memorias, “Man of the world” fue la canción, el detonante, para que un chaval de 14 años como él se atreviera a coger la guitarra española (que le habían comprado en Girona) y se pusiera a tratar de componer una canción pop, a la que, por cierto, tituló “Winter”.

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Los justos y los curiosos, sin embargo, no deberían dejar pasar la oportunidad de escuchar la cara B de Man of the world, “Somebody’s gonna get their head kicked in tonite”, un rockabilly punk acelerado escrito por Jeremy Spencer y acreditado a Earl Vince and The Valiants, no a los Fleetwood, aunque fueran ellos los que en realidad la grabaron. “Somebody’s…” es una desesperada anomalía de Spencer que, después de esto (y no sólo como consecuencia, pues su mala relación con Green ya venía de largo), empezaba a tener sus días contados en la banda. Un cabreo, si acaso, inspirador.

De alguna manera, a rebufo de lo bien que habían funcionado los últimos sencillos en listas, Blue Horizon, el anterior sello de la banda, publica el álbum “The pious bird of good omen”, en agosto de 1969. «The pious bird…» es un recopilatorio que, precisamente, incluye varios sencillos y sus caras B, algunos temas ya editados en anteriores discos de la banda y dos canciones del pianista, Eddy Boyd, en las que Fleetwood Mac había actuado como banda de acompañamiento.    

Tras la fugaz estancia en el sello Immediate, después de «Man of the world«, los Fleetwood fichan por Reprise Records (filial de Warner) y lanzan, en septiembre de 1969, el álbum “Then play on”: Tremenda obra, a la vez cúspide y colofón (es el último disco que grabó Peter Green con la banda), en la que el guitarrista Danny Kirwan, siguiendo los dictados del patrón Green, toma un papel relevante como compositor, aportando una atmósfera seductora y bizarra, un tanto pop por allí, un tanto folk por allá, sin descuidar la sacrosanta intromisión de la psicodelia y el rhythm and blues en todo el álbum. “Then play on” es un disco que suena sencillo, pero que, en su inmensidad, para nada lo es.  

4ª señal:

Hablando de inmensidad, “Oh well”, una canción que en un principio no fue incluida en Then play on, resultó ser un lanzamiento promocional arriesgado (pocos días después de que se comercializara el álbum) en tanto en cuanto, dividida en dos partes, ocupaba las dos caras del sencillo. El empuje del motor de explosión que tira de la canción ratifica la epifanía que se supone de una letra que intenta disimular, sin éxito, la autobiografía. “Oh well” es una canción marcada por la conversión de Green (hijo de judíos) al cristianismo y que, después de apenas dos minutos y vente segundos de blues rock de forajidos (todo un referente para el “Black dog” de Led Zeppelin), ya no intenta disimular la confesión, ralentizando hasta el preciosismo la hora del crepúsculo de esta mascarada espiritual que precipita, con su descomunal planteamiento/nudo/desenlace, el fin de una era; la vertiginosa destrucción, lógica, por otra parte, de un entramado imaginativo desbordante que había marcado el clasicismo de la primera etapa de una banda condenada a la reinvención hasta que en el año 1975, tras los desbarajustes infinitos, encuentra la formación que le da su confusa y definitiva estabilidad. Sí, los Fleetwood más conocidos, los de «Rhiannon«, «Don’t stop«, «Dreams» o «Sara«

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Tras la unánime recepción del single “Oh well” (puesto 2 en las listas británicas, 55 en las americanas), Reprise Records lanza en abril de 1970 otro sencillo escrito por Peter Green que tampoco forma parte de “Then play on”. La inquietante “The Green Manalishi (with the Two Prong Crown)”, supone la despedida (¿involuntaria?) de Peter Green de la banda y, bajo una espesa capa de tenebrismo, la constatación de la agridulce fragilidad (así, en general) que en aquel momento le invadía por dentro. “The Green Manalishi” es la última entrada en listas (alcanza el puesto 10) de los Fleetwood Mac hasta su revelación personal y musical en 1975. Para entonces, del blues, antaño médula espinal de unas canciones fascinadas (fascinantes), ya no queda más que la estela de un hermoso espejismo, o sea, (casi) nada. 

A pesar de todas sus debilidades, Peter Green consigue mantener el compromiso adquirido con la banda que había fundado, completando todos y cada uno de los bolos de la gira europea hasta que en mayo de 1970, cuando ésta finaliza, abandona el grupo. Después, entre sombras, achaques y contradicciones, Peter Green, aunque en un progresivo e inclemente fuera de foco, se mantiene en activo, sacando discos en solitario, alistándose en otras aventuras musicales, incluso, puntualmente, colaborando con sus antiguos compañeros de Fleetwood Mac, tanto en directo como en intervenciones discográficas no acreditadas. De los 80 mejor ni hablamos.

En rigor, el paso del tiempo no admite medias tintas ni hace prisioneros, por eso su justicia resulta tan descarada. Así, con el otoño a la vuelta de la esquina, estos cuatro vestigios de Green en Fleetwood Mac dejan el hueco de un riff de guitarra en la memoria, huella venerable de un blues blanco exquisito que se incorpora con dignidad a la nómina inspiradora e inspirada de aquella música, de aquellas canciones, que, sin reclamar nada, nos protegen contra la tormenta. Y son tantas, y a la vez son tan pocas.  

Descanse en paz, Hombre del Mundo.

Algunas veces salgo de las sombras y surfeo entre los mycrosurcos.

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