Los cómics irreductibles

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Era un libro viejo. Las hojas tenían un tono amarillo un tanto especial y los dibujos de las viñetas habían perdido el brillo de los colores años atrás. De vez en cuando, entre bocadillo y bocadillo, encontraba una tira de celo casi más amarillenta que las propias hojas, pero que aún mantenía su función. Apuesto la cabeza a que me pasé más tiempo del debido mirando la portada, acariciando la tapa dura e intentando averiguar si aquel verde que rodeaba a las figuras de los protagonistas me gustaba o lo detestaba. “El Adivino” fue el primer cómic que leí en mi vida, y el primero de Astérix. Por aquel entonces, y con mis escasos 5 años, no era consciente de que tenía por delante muchas horas de disfrute gracias a sus aventuras.

Poco a poco, las peripecias del pequeño galo empezaban a llenar mis aburridas tardes de invierno, o las noches en las que no podía conciliar el sueño. Con el tiempo conseguí hacerme con la mayoría de los números de la colección. No recuerdo muy bien cuántas veces pude leerme “Astérix en Córcega”, “El hijo de Astérix”, “Astérix y Cleopatra”. Tampoco sé a ciencia cierta cuántas veces vi las películas de animación, o las de Christian Clavier y Gerard Depardieu.

Con una nueva entrega animada de las aventuras del astuto Astérix en camino – “Astérix y el secreto de la poción mágica”, cuyo estreno está previsto en Francia para finales de año- los recuerdos se me agolpan en la mente. Recuerdos ligados, siempre, a los buenos momentos que me hizo pasar la obra magna de Goscinny y Uderzo. Me pregunto también a cuántos niños a lo largo del mundo les habrán sacado una sonrisa, a cuántos les habrán animado a iniciarse en el hábito de la lectura, a cuántos les habrán enseñado valores tan importantes como el de amistad.

“Haced algo que rescate el espíritu francés”. A René y Albert -Albert y René. Tanto monta, monta tanto- solamente se les dio esa premisa. Y vaya si rescataron el espíritu francés. No hubo mejor forma de plantar cara al fuerte mercado americano de las bande desinée –incluso les llegaron a hacer un homenaje en el número 576 de la saga Action Comics, perteneciente a DC-. Así relataba Uderzo el nacimiento del guerrero galo: “Era verano. Hacía mucho calor. Habíamos tomado unas cuantas copas de anís y fumado un montón de cigarrillos. Empezamos a repasar la historia de Francia y nos paramos en los galos. Ya lo teníamos. René comenzó a inventar nombres que acababan en -rix, terminación que significa ‘rey’ en lengua celta. Nuestro héroe se llamaría Astérix, por similitud con el asterisco, la estrellita tipográfica. Eligió como inicial la primera letra del alfabeto para que el personaje fuera citado entre los primeros por las enciclopedias de cómic.”

Pero el tándem Goscinny-Uderzo fue más allá. Plasmaron mensajes no solo en las hojas, también en sus lectores. Dieron un paso más, y acabaron haciendo de Astérix un icono para muchas generaciones, desde la sátira y los ingeniosos juegos de palabras a los pequeños y profundos mensajes, que muchos pasaban inadvertidos para los infantes de la casa, pero de gran valor educativo.

Incluso cuando el tándem se vio reducido a una bicicleta común, Albert Uderzo supo manejar de forma maravillosa la vida y aventuras de Astérix, aunque ahora deje el relevo a los más jóvenes, para que el irreductible galo resista todavía y siempre al paso de los años.

 

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