La madre de Brian

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El martes 21 de enero de 2020 nos dejaba Terry Jones, miembro cofundador de los Monty Python y responsable de muchos de los mejores momentos que yo haya pasado como espectador.


No desvelo nada a nadie si digo que La vida de Brian es una de las mejores comedias jamás escritas para el cine. Una historia de un tipo normal que tuvo la mala fortuna de nacer en un lugar clave para la historia justo a la vez que la persona más importante del momento, pero sin tener nada que ver con ello. En aquella película, la comedia emergía como la respuesta natural e inevitable a unos acontecimientos sin sentido, no como parodia, sino como la forma innata de un genio para contar su historia.

Terry Jones dirigía aquella película, después de haber lidiado con los delirios aún por madurar de Terry Gillian en Los caballeros de la mesa cuadrada. Decidió tomar los mandos del asunto y dar sentido a aquel volcán de imaginación que se había concentrado en aquellos seis amigos. Un grupo de ingleses universitarios con mucho que decir y poco tiempo para contarlo, que nunca habían visto su talento único para la comedia como algo con lo que ganarse la vida. Cuando les ofrecieron la oportunidad de dar rienda suelta a su locura ellos la aprovecharon para trabajar en Monty Python Flying Circus y pasmar a las audiencias británicas con su particular sentido del humor. Aquel programa era un torrente imparable de locura tan fresco como rompedor. Entre fotografías animadas y andares estúpidos se movía Jones con discreción, casi permanentemente vestido de señora o de oficial de policía, trabajando en registros más bajos que sus histriónicos compañeros. No llamaba la atención tanto como podían hacerlo John Cleese o Michael Palin, que eran capaces de atraer toda la atención en cualquier tipo de situaciones, siempre en el punto justo en el que debían encontrarse. Terry Jones actuaba entre ellos con elegancia británica e ironía galesa, sin que supiéramos que mucho de lo que se estaba diciendo en pantalla era producto de su genial escritura.

En La vida de Brian logró que cada escena, cada chiste funcionase como conductor de la historia, él era quien velaba por el sentido sin renunciar a la locura. Era el paciente bajista que marcaba el ritmo de la banda, el único capaz de moldear todas aquellas ideas para que tuvieran un sentido, para que no fueran simples sketches sin propósito ni dirección. Un autor muy consciente de las posibilidades y riesgos de la comedia.

Este dominio le permitió compaginar su talento con su pasión y fuera de los Python tuvo una interesantísima producción documental. No importaba si el objeto de estudio era la historia o la economía, Jones conseguía que pareciese lo más lógico del mundo explicarlo entre risas. Boom bust boom repasaba la evolución de la economía a través de los tiempos en busca de una respuesta a la traumática crisis del 2008, en una mezcla entre animación, imagen real y marionetas con entrevistas e incluso números musicales. No hay mejor forma de explicar lo inexplicable y Jones lo sabía. 

La muerte de Terry Jones me ha hecho reflexionar sobre unas cuantas cosas. Sobre lo mucho que debe la comedia actual a su ingenio, sobre la callada pero innegable influencia que invade toda la parrilla televisiva con cierta vocación humorística, desde los chanantes albaceteños a Buenafuente. Sobre lo mucho que debo yo a este hombre que nunca conocí pero que me enseñó con sus compañeros y amigos que la comedia siempre es una salida y una entrada más interesante para todo. Que no hay tema divino o humano que no pueda ser contado con mayor maestría que con un chiste. Falleció debido a un raro tipo de demencia que lentamente lo fue dejando sin capacidad de comunicarse. Aquel que dedicó su vida a la experimentación con el lenguaje, que escribió algunos de los comentarios y escenas más punzantes y absurdos, más memorables de la televisión y el cine se vio abandonado por su musa. 

Veo a Terry Gilliam en una entrevista diciendo que fue trágico ver cómo la personalidad tan viva de Jones fue dejando poco a poco atrás a su cuerpo hasta que éste también desapareció. Veo un video de Michael Palin recordando a su eterno amigo, le veo llorar, a ese actor cuya presencia siempre asocio con la risa, se me parte el corazón y me doy cuenta de que nada es para siempre, pero que incluso cuando alguien se ha ido puede dejar un recuerdo imborrable. Terry Jones nos dejó el martes 21 de enero, pero tras de sí dejó una vida entera dedicada a que nosotros lo pasáramos un poquito mejor. Quizá deberíamos sacarle provecho.

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