Un paseo por la Barcelona de 1972

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Ya no está aquel bar, sustituido ahora por la tienda de turrones de Planelles Donat, ni Jorba Preciados, que ahora es un Corte Inglés, ni el cine París, donde la calle empezaba a estrecharse, ni la tienda de máquinas de escribir, ni la sede de la Catalana de Gas y Electricidad, ni tantas y tantas tiendas que han dado paso a tantas otras franquicias de ropa, que lo mismo se puede comprar en Barcelona como en cualquier otra capital de nuestro globalizado mundo.

Puerto de Barcelona en 1972.
Puerto de Barcelona en 1972.

Sería hacia el año 1972. Algunos sábados por la mañana acompañaba a mi padre a Barcelona, a no sé qué recados. Cogíamos el tren de cercanías, lo que hoy se conoce como R1; aquellos trenes pintados de verde y gris, de incesante y cadencial golpeteo contra unas vías de traviesas de madera con olor a brea. Recuerdo el inconfundible olor del cenicero repleto de colillas, los asientos de escay verde o granate, el implacable revisor detrás de aquellos que habían querido viajar de gorra y el temible e impracticable retrete, las más de las veces, desde el que podían verse las vías, y al que únicamente se iba en caso de extrema necesidad.

Los primeros de estos trenes de este tipo, conocidos como de la Serie 600, fueron fabricados en Suiza. El resto de unidades por parte de Maquinista Terrestre y Marítima (MTM), MACOSA, Industrias Aguirena y GESTESA (Consorcio llamado Grupo Español-Suizo de Trenes eléctricos S.A.). Premiá, Ocata, Masnou y Montsolis. Cuando el tren atravesaba el túnel y hacía su parada en la estación de Montgat, los pulmones se llenaban del olor acre que desprendía la fábrica gris de Explosivos Riotinto. Olor que se quedaba atrapado en la garganta. Pero continuaba el viaje y llegábamos a Badalona con su Pont del Petroli, luego el barrio de La Mina, Pueblo Nuevo y la ya mencionada fábrica de MACOSA, donde se fabricaban y reparaban los trenes que surcaban el extenso entramado ferroviario de la R.E.N.F.E. El agudo rechinar de los cambios de aguja, con su brusco vaivén, avisaban desperezando a los pasajeros de su ensoñación, que ya entrábamos en la estación de cercanías de Barcelona. De lejos, a la derecha, en la estación de Francia, se veían los grandes trenes prestos a traspasar fronteras desconocidas.

En la Plaza Palacio tomando el autobús número 16, se llegaba hasta la Plaza Urquinaona, delante del Cine Maryland, donde se proyectaban películas, denominadas en su momento de arte y ensayo, término que confundía el cine para minorías con películas donde se mostraban desnudos, y que, acogidos a esa argucia lingüística, el régimen miraba hacia otro lado. Más adelante se convirtió en una de las efímeras salas X.

En un paseo por la Ronda de San Pedro, atravesando por el semáforo de la esquina con el Paseo de Gracia, el edificio del Corte Inglés se mostraba majestuoso. Fuera la temporada que fuera daba gusto atravesar la cortina de aire de cualquiera de sus accesos, donde te sumergías en un paraíso de cientos de mostradores con productos de todo tipo. Alguna vez había fantaseado con esconderme hasta que cerraran y poder deambular a mis anchas durante toda la noche por mis secciones favoritas. Aunque la mayor proeza que logré fue la de encontrar a mi padre después de perderme por sus pasillos.

Continuando por el lado del Corte Inglés adyacente a la Plaza Catalunya, se llegaba a la Portal de l’Àngel, presidido por el enorme e impertérrito termómetro de Can Cottet, a la izquierda, todavía presente, Jorba Preciados más al fondo, y entrando, en el margen derecho, la sede del Banco de España en Barcelona.

Personas cruzando la calle en Barcelona. Fotografía de Jose Gonzalvo Vivas.

Tocando con la parte trasera del banco y haciendo esquina, había un bar donde se podían degustar las mejores hamburguesas de Barcelona. No he vuelto a probar hamburguesas con sabor tan apetitoso. La barra del bar, con sus taburetes, tentadoras tapas de todo tipo, las cartas mugrientas, el microondas al fondo, y el olor, sobre todo el característico olor a bar. El microondas, un invento del demonio que en 1973 ya era habitual en los bares.

La Puerta del Ángel era la encrucijada de los caminos a elegir para continuar la ruta de la Barcelona vieja. Bien al lado izquierdo por la calle Comtal, hacia Vía Layetana; bien hacia el derecho, por la calle Santa Anna para desembocar en La Rambla. Ambas con tiendas emblemáticas que todavía resisten el paso del tiempo, como la papelería Raima, en la calle Comtal o la Guantería y Complementos Alonso fundada en 1905 y manteniendo a día de hoy la misma estética. En el número veintisiete de la misma calle estaría la librería del señor Sempere, de la tetralogía de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento.

Ya no está aquel bar, sustituido ahora por la tienda de turrones de Planelles Donat, ni Jorba Preciados, que ahora es también un Corte Inglés, ni el cine París, donde la calle empezaba a estrecharse, ni la tienda de máquinas de escribir, ni la sede de la Catalana de Gas y Electricidad, ni tantas y tantas tiendas que han dado paso a tantas otras franquicias de ropa, que lo mismo se puede comprar en Barcelona como en cualquier otra capital de nuestro globalizado mundo. Tampoco existen ya las fábricas que había en la ruta ferroviaria entre Montgat y Barcelona. Las chimeneas de la central térmica de Sant Adrià de Besós se han convertido en el omnipresente monumento de lo que en su día fue, y otras chimeneas también han quedado como testigo del industrioso acceso a Barcelona por la costa del Maresme. Todavía queda mucho terreno por explotar por la construcción hasta llegar a la zona de Poble Nou.

Una vez que el tren atraviesa el río Besós empieza el paseo marítimo hasta llegar a la Villa olímpica y las torres AGBAR y MAPFRE, el Port Olimpic y el trasiego interminable de personas a todas horas. Trasiego que la implacable COVID-19 ha interrumpido hasta nueva orden.

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