Traficantes de emociones

Mank (2020), dirigida por David Fincher y estrenada recientemente en Netflix, narra el período en el que el guionista Herbert Mankiewicz escribió Citizen Kane, ópera prima de Orson Welles y una de las películas más destacadas de la historia del cine.

La industria cinematográfica fue una de las patas sobre las que Estados Unidos se apoyó para constituirse en la más importante potencia mundial durante la primera mitad del siglo XX. Los productores de Hollywood no solo eran realizadores de películas sino que integraban el mundo de la clase más exclusiva y empinada dentro de la sociedad estadounidense. Eran empresarios, burgueses y políticos, todo al mismo tiempo.

En ese mundo atravesado por el poder más concentrado del planeta se movieron los artistas del cine, la otra cara necesaria de la industria. Directores, guionistas, actores y actrices dieron carnadura a la mercadería que los popes de Hollywood buscaban comerciar y exportar a todo el planeta: las emociones.

La actriz Marion Davies, compinche y amor platónico de Mank.

Luego de un accidente automovilístico, el protagonista Mank (Gary Oldman, en un trabajo brillante) comienza a trabajar en el guión de Citizen Kane, biopic apócrifa del empresario William Hearst (Charles Dance), mientras experimenta serias recaídas por su adicción al alcohol. Entre enfermeras y asistentes, postrado en una cama, Mank comienza a pergeñar las páginas de una de las películas más significativas de la historia del cine.

Ese proceso se combina con una serie de flashbacks, presentados por una tipografía de máquina de escribir como si fuera un guión, en los que Mank se cruza con algunos de los personajes más importantes de Hollywood, como los productores Louis Mayer (Arliss Howard) y David O. Selznick (Toby Leonard Moore). Se trata de un mundo de oligarcas republicanos en el que Hank no encaja del todo, tanto por su estilo de vida bohemio como por sus aseveraciones filosas sobre la realidad. Allí solo encuentra a un par en Marion Davies (Amanda Seyfried), pareja del poderoso Hearst, actriz y amor platónico del guionista.

El director Orson Welles mantiene un conflicto con el protagonista por la autoría del guión.

Mank presenta distintas capas narrativas. El hilo conductor está dado por el proceso que llevó al guionista a finalizar Citizen Kane, prácticamente solo sin más que uno o dos comentarios por parte de Orson Welles (Tom Burke), a pesar de que figuren como coautores, lo que también es una sub trama de conflicto en la película. Fincher también despliega una descripción de la clase dominante estadounidense, o al menos de la facción que se dedicó a la producción de películas. Por otro lado, Mank es cine sobre la historia del cine y, por último, es en sí mismo un ejercicio de narración a cielo abierto ya que se puede escuchar a un personaje secundario decir ‘yo represento a los personajes secundarios’, lo cual es cierto tanto en la narración como en la estructura del film, o al protagonista adelantarle a otro personaje que ‘se va a perder el nudo del tercer acto’, cuando esa aseveración sirve tanto para la escena en cuestión como para la película en sí.

La recreación de la época es espectacular y el blanco y negro texturado que elige Fincher le agrega a la película un tono propio de la época en la que se sitúa. Todo está, en Mank, en su justo lugar. El vestuario, las actuaciones, el guión sobre el guionista y el trabajo de iluminación y composición visual resultan en una puesta brillante. Quizás al conjunto le falte un poco de aquello que uno de los productores dice que sus películas venden, los sentimientos.

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